sábado, junio 14, 2003

Concierto de Iron Maiden en Las Ventas

Son curiosas las formas en las que la vida te pone delante las aventuras. Un jueves por la mañana un compañero de curro me comenta de pasada que ese día, a las diez de la noche actúan los Maiden en Las Ventas y que la cosa promete. Yo pongo cara sincera de pena y le digo que de haberlo sabido habría pillado una entrada. Pasan perezosamente las horas, salimos del curro y cuando llego a casa resulta que me llama este chaval, me dice que uno de los que iba a ir ha fallado, y que si quiero que puedo ir. ¡De puta madre! No puedo esperar.

Diez de la noche, Las Ventas. Hasta la bola de gente (cada vez menos con pelo largo) que luce camisetas en su mayoría negras con el anagrama del grupo. Nos metemos en la arena, donde realmente la cabeza se lo pasa bien, aunque las piernas se quejen a gritos y esperamos... esperamos un poco más, apagan las luces y... ¡SÍ! Allí están, veinticinco años después de haber fundado el grupo. Pero ahí siguen.

Fuera coletero, fuera camiseta y fuera vergüenza. Dos horas seguidas de concierto, dos horas seguidas de botes y de gritos, de aplausos y de manos levantadas, de catarsis colectiva al son de las notas arrancadas de tres guitarras eléctricas, un bajo y una batería. La gente acompaña las letras cuando puede, y cuando no puede lo intenta. Un compañero trae cerveza, bendita sea. Sigamos botando y sudando. Estoy empapado, hace un calor que derrite las muelas, pero es algo que quería vivir desde hace mucho. No me decepciona, sonrío y sigo botando, cantando letras que no me sé, y levantando brazos para saludar a esos adalides del ruido rítmico, de la música silenciosa a golpe de decibelio, y del grito al cielo, que son Iron Maiden. Muy bien chavales, muy bien.

Acaba la cosa y hacemos cerco en torno a un colega que se estaba liando algo en mitad de la arena, por aquello de que no le empujen, mientras comentamos el concierto. Hay poco que decir, todavía estamos jadeando y casi sin voz. Mis zapatos de vestir (también yo tengo unas ideas) están llenos del polvo y la arena de Las Ventas, igual que mis viejos vaqueros y mi camiseta de Star Wars que llevo colgada de la riñonera. Otra cerveza, que es rapidamente apurada mientras cruzamos la M-30 por el Puente de Ventas. Ha sido la ostia.

jueves, junio 12, 2003

Curso de Tantra

Este fin de semana pasado, desde el viernes hasta el domingo asistí a un curso de Tantra en un pequeño pueblecito de 100 habitantes (y dos iglesias ;) situado en Navarra. El pueblo se llama Azcona y está relativamente cerca de Estella. Y a la entrada del pueblo hay una casa preciosa, de tres plantas, con un jardín precioso y una piscina. Y una sala enorme con suelo de corcho y ventanas grandes. Es aquí donde ha sido el curso.

Ha sido maravilloso. Indescriptible, nunca había sentido nada parecido. Aunque a lo mejor hay alguien que no sabe lo que es el Tantra... mmmm... dificil de explicar, pero vamos a intentarlo. Por decirlo burdamente, Tantra es lo que resulta que mezclar el sexo con la meditación, el arte del sexo consciente. En realidad es una forma de vida, con cantidad de ejercicios y cosas maravillosas e interesantes, pero la base (y por lo que es conocido) es puramente sexual. Dicen que una pareja tántrica puede estar horas seguidas haciendo el amor. Esta simple frase ha conseguido que bastante gente entre al Tantra deseando vigorizarse sexualmente y se han encontrado con que realmente es lo menos meritorio y placentero. Sobre el Tantra habría mucho que decir, y desde luego, lo que hubiere que decir sería para hacerlo en persona.

Y ¿cómo es que me ha dado por hacer un curso de Tantra? Bueno... eso es algo un poco más personal. Bastante personal de hecho. Baste decir que lo he hecho para poner un poco de consciencia por ahí abajo, que siempre viene bien. Por diversas circunstancias que ahora no vienen al caso, resulta que cuando estoy con una señorita, nunca salgo satisfecho de la relación sexual. Y este finde me han dado una clave que podría ayudarme... podría ayudarme mucho.
Ah, con los chicos también me sucede, de manera que esa no es la solución ;)

miércoles, junio 04, 2003

Soneto de un marinero enamorado

Mi mente falla ahora, me hago viejo.
Lo que vos querais darme yo recibo.
Caminando con pie cansado vivo.
Pero de su recuerdo no me alejo.

Orgulloso sobre un lago de espejo.
Alto y blanco, como gran cisne altivo.
Como vos, de un bello superlativo.
en el atardecer color bermejo.

Como nacido del suelo un palacio
hecho de piedra blanca dura y fría.
La más alta torre en mitad del patio.

Y en lo alto una bella celosía.
Una blanca mano asoma despacio.
Allí arriba estáis vos, princesa mía.


De acuerdo... no es demasiado bueno, pero os aseguro que está escrito con el corazón. Y a fin de cuentas soy marinero, no poeta.

martes, junio 03, 2003

Las pipas de agua

Pues nada, como prometí voy a hablar de esos maravillosos objetos que salen en las ilustraciones detrás del jeque de turno. Para aquellos que no lo sepan, la pipa de agua (o cachimba) se llama así porque el filtro que se usa es precisamente el agua (o whisky, vodka, ron...), situada en la parte inferior. Este curioso y efectivo sistema hace que el humo llegue más fresco a la boca, y también que al fumar la pipa ésta suene como una cafetera. El tabaco, habitualmente muy aromático y húmedo, se situa en la cazoleta de la parte superior, y encima de éste se coloca un carbón especial encendido, encargado de tostar (que no quemar) el tabaco.

Curiosamente, estas pipas suelen tener más éxito entre los no fumadores que entre los que fuman cigarrillos habitualmente, llegando hasta extremos de que aquellos se apoderan de la manguera (tubo de material elástico con boquilla por donde se aspira el humo) y no la sueltan ni a la de tres. Como nota informativa os comento que siempre se debe aspirar y NUNCA se debe soplar, porque entonces el agua de la parte inferior subirá a presión apagando el tabaco, el carbón, y de paso encharcando todo lo de alrededor. Creedme que no es agradable.

Una pipa colocada en el centro de un grupo no demasiado nutrido de personas suele ser protagonista de veladas muy gratificantes, donde la conversación fluye a raudales en el inicio de la misma; conforme pasa el tiempo se va ralentizando paulatinamente hasta alcanzar un ritmo de alrededor 3 - 5 segundos entre frase y frase, merced al influjo relajante de la pipa, influjo relajante que, dicho sea de paso, afecta tanto a los que fuman como a los que no, dado que la cantidad de humo que desprenden las pipas de agua es abundante. Es recomendable que, en caso de saber que vamos a una casa equipada con uno de estos dispositivos, llevemos los avíos indispensables para dormir, porque la fase de apalancamiento que sigue al hecho de fumar dos o tres pipas suele ser terminal.

Algunos avispados lectores habrán adivinado o supuesto que en la parte superior de la pipa se puede poner algo que no sea tabaco. Están en lo cierto. Pero desde aquí, alguien avalado por la experiencia os anima a no exagerar: una combinación de algo ilegal en la parte superior y algo legal, pero alcohólico en la parte inferior es capaz de tumbar a un elefante.

Y por último solamente me queda alabar las dotes decorativas de las pipas de agua, con sus platos, sus colores, y su plata de pésima calidad. Es algo que siempre queda bien en cualquier rincón. Desde aquí os animo a adquirir (o a convencer a que alguien lo haga por vosotros) una pipa de agua. Es algo maravilloso.

lunes, junio 02, 2003

Bueno, ahora que he hecho inventario de estos dos meses, pródigos en profundidad y propensos a extensos monólogos socráticos, voy a hablar de algo intranscendente... mi fin de semana:

Viernes: Celebramos que Cándido (un compañero del curro) por fin se ha sacado la plaza de funcionario del estado. Hay comida y bebida a mansalva, risas y cantidad de buen rollo. Este departamento es la caña, aparte el único de todo el Centro de Cálculo en el que se permite fumar. Le he regalado una pipa a Cándido, mi primera y preferida, amen de un atacador, un paquete de tabaco de cereza, y todo mi cariño. Eso en el curro, que luego seguimos en un bareto próximo a Cuatro Caminos. Luego acompañé a casa a otra amiga del curro y al llegar, después de hacer compra en el AhorraMás hacemos una mezcla extraña (no me acuerdo del nombre) pero que estaba de muerte. La receta es: una botella de ginebra, un kilo de miel, dos litros de agua, y el zumo de un kilo de limones exprimido, todo mezcladito y removido. Buenísimo. Luego permití que ella y su novio me machacasen sin compasión al Tekken 4. Vuelvo a mi casa a dormir que mañana hay algo especial, y pasado es el cumple de este chico.

Sábado: Compro una pipa de agua (hablaré de ellas otro día) para regalársela a un amigo que cumple años el domingo, preciosa. Cojo la Renfe y llego a la estación de Las Rozas donde me espera Cándido. Comemos en su casa, con sus padres (muy majos) y su hermana (muy guapa) una paella (buenísima), especialidad de la casa (muy grande). Partimos luego hacia un pueblecito llamado Fresnedilla de la Oliva, al lado de Valdemorillo. Nuestros compañeros de viaje nos siguen, hasta que se pierden. Volvamos a buscarlos. Finalmente llegamos allí sobre las cuatro de la tarde, dispuestos a disfrutar y a descargar adrenalina. Jujuju... que diver... pistolas de aire comprimido, balas de pintura, cantidad de campo para hacer el bestia... promete. El sitio en el que estuvimos es este: http://galeon.hispavista.com/paintballmadrid/. Estuvimos cerca de cuatro horas y aun tengo agujetas. Qué paliza, pero qué divertido. Aun tengo los morados de las balas. Luego unas cervezas frías en el pueblo mientras comentábamos la encarnizada batalla (pero encarnizada de verdad) hasta que se nos pone a llover y levantamos el campamento. Cándido me invita a quedarme a dormir en su casa, idea muy atractiva. Llegamos. Ducha (dios... una bañera, se me saltan las lágrimas: esto sí es una baño), cenita ligera (muy agradable) y a la cama después de fumarnos algo que tenía este por ahí ;) Caigo en la más absoluta inconsciencia a los quince segundos de acostarme.

Domingo: Despierto totalmente renovado y con ganas de hacer cosas. Tenemos cumpleaños en la piscina de Acacias y la cosa promete estar bien. Me asomo a la ventana y veo que el cielo está cubierto de nubes y no tiene aspecto de mejorar. Encima hace frío. Pero al mal tiempo buena cara. Saco a este de la cama, desayunamos y salimos para Madrid. Llegamos a casa de este chaval (la del viernes) y nos los encontramos jugando al Matrix en la Play. No pasa mucho tiempo hasta que estamos todos viciados, fumando en la pipa de agua, bebiendo cerveza y gritando cosas como "Mata a ese desgraciado poli" o "Vuélale las pelotas con el rifle". La verdad es que el juego mola. En esto que nos asomamos cuatro horas después y descubrimos que ha salido el sol. Salimos para la piscina de Acacias (no sabía ni que existía; claro, es lo malo de una ciudad tan grande) armados con la extraña mezcla alcohólica del viernes y con una baraja de cartas. ¿Qué más se puede pedir para pasar una buena tarde? El agua está congelada y pasamos más tiempo fuera que dentro. Yo me dedico a alegrarme la vista (bendita operación de los ojos, es el mejor dinero que he invertido e invertiré) con las señoritas que doran, tuestan, y en algunos casos enrojecen, sus cuerpos al curiosamente mortecino sol de Junio. Hacemos amarracos con los tickets de la piscina (como venga el segurata y nos diga que nos hemos saltado la valla verás que risa) y comenzamos a hacer amistosas rondas de mus. La tarde pasa perezosamente y nosotros, por no llevar la contraria, también, mientras se oyen risas, chapuzones, golpes de balón de playa contra cabezas de veteranas señoras, y la horrible música que sale de los altavoces de la piscina. Se nos acaba la botella del "preparado". Que no cunda el pánico que hay otra; no tarda en caer. Nos cierran esto, de manera que volvemos a casa de estos chavales con la agradable perspectiva de jugar a un juego de Snowboard mientras bebemos y nos machacamos una pizza italiana de las de verdad. Tenemos éxito y hacemos exactamente eso, con el añadido de que hay alitas de pollo y una pipa de agua que alguna buena persona regaló a la pareja. Acompaño a Cándido a Moncloa para que pille el bus, y yo me retiro a casa con la intención de avanzar con El Quijote y luego irme a dormir. Sólo hago lo segundo. Buenas noches.

INVENTARIO

Pues aquí estoy, casi dos meses después. Sigo vivo, que no es poco.
Mamma mía, vaya dos mesecitos que he pasado. Han sucedido tantas y tantas cosas... la gran mayoría malas, por cierto. Pero también ha habido momentos de felicidad como nunca antes había vivido.

En estos dos meses he aprendido a odiar y a amar, a ayudar y a dejar que me ayuden. He redescubierto que mi padre es un tío cojonudo, y que Madrid, como decía Sabina, es una ciudad invivible pero insustituible, pero más de lo segundo que de lo primero. He sido consciente de que puedo hacer hacer mucho daño y mucho bien de una forma totalmente inconsciente, y a librarme de la culpa que genera lo primero y a empezar a premiarme cuando consigo lo segundo.

He aprendido a luchar por lo que es mío, a dejarme llevar por la corriente, a nadar contra ella cuando es necesario, y a saber a diferencia qué gente es la mía de la que no lo es. He descubierto que puedes llegar a querer entrañablemente a una persona después de sólo unos minutos de conversación. He aprendido que lo que hago puede servir para algo bueno, y que mis manos se mueren por acariciar y por hacer cosas bonitas, y que se les dan bien ambas cosas; que los besos sin amor no saben igual que los besos que te da una persona que te ama; que realmente he tenido que hacer algo muy bueno en una vida anterior para poder conocer en esta a esas pocas (muy pocas) personas por las que daría la vida entera.

He aprendido que hacer ejercicio es bueno para la mente y para el cuerpo, que las agujetas se acaban pasando, que aun conservo el corazón y la energía de aquel niño que era el más rápido de la clase y que saltaba más alto que nadie cuando jugaba al baloncesto. Que mis brazos aguantan mi peso en el aire y en el agua y que mi cuerpo se merece que lo cuide un poco. He aprendido que para algunas mujeres el pelo en el pecho resulta sexy. He descubierto que cada vez tengo menos pelo en la cabeza, pero que llevar el pelo largo me gusta.

He aprendido que del amor al odio hay un paso, pero que ese amor que muta tan deprisa tiene más de necesidad que de amor. Que la miel y la hiel se diferencia en sólo una letra, y a veces aun menos. Gracias Sofía, por darme tu amor y tu odio, tan puros ambos. Te deseo lo mejor de todo corazón.

Por último he aprendido que tenía miedo de enamorarme y miedo de que alguien se enamorase de mí. Intenté solucionarlo directamente dejando de besar y de acariciar (durante cerca de tres meses)... pero estaba equivocado. Qué dulce resulta vencer la tentación sucumbiendo de lleno en sus brazos, qué feliz me siento ahora que sé que puedo amar. Gracias Irene... mil veces gracias. Te amo.